TODO POR UNO. CUENTOS DE LA TROJA DOS. JUAN JOSÉ BOCARANDA E
TODO POR UNO
En el barrio La Pelota, integrado por unas quinientas viviendas,
se armó anoche una trifulca mayúscula. Una riña colectiva. El acabose. Un
desenfreno. Una solemne agresión múltiple de todos contra todos. El esqueleto monstruoso de la violencia
multiforme suelto, a sus anchas y a sus largas.
La cosa había comenzado porque un vecino alzó la voz a
su mujer desde el baño para que le pasara la toalla. Se estaba duchando, pero
la había olvidado. La mujer, sorprendida y asustada por el alarido, respondió a
su vez con otro grito, pero de mal tono. ¿Qué paaasaaa? ¿Por qué tanta aaalarma,
escandaloooso? ¿No tienes un poco de decencia? El marido, ahora disgustado él
también, le grita de nuevo, pero esta vez para reclamarle por qué le ha dado
tan malas respuestas. Interviene el hijo mayor de ambos: ¿Qué pasa, carajo? Me
tienen arrecho con esos chillidos. La muchacha de la casa, hermana de quien
acaba de chillar, vocifera también para reclamar a su hermano por qué no
respeta a sus padres. La cuñada, esposa de aquél, reclama a la muchacha por qué gritó a su
marido, quien “tiene la razón” pues sus suegros son unos groseros que no saben
actuar con calma y bondad. Un hombre de la casa inmediata llama la atención a
los vecinos “de la toalla”, para pedirles que dejen el escándalo, pues necesita
dormir para levantarse temprano. Pero los vecinos, con el tema de la toalla, no
lo oyen o no quieren oírlo. Entonces el vecino le da golpes a la pared. Los
esposos suspenden el pleito y lanzan improperios contra el vecino y van a patearle
la puerta de la casa. El vecino abre la puerta y los esposos le preguntan por
qué ese atrevimiento de “darle carajazos” a la pared. El vecino les responde: yo tengo derecho a
reclamar. Tengo que trabajar temprano. Y ya son las once de la noche. Los
vecinos irrumpen en la casa, lo empujan, lo agreden, le dicen groserías, lo
derriban entre los dos. Sale entonces la esposa del agredido con un palo, y los
vapulea a todo dar. El hijo, la esposa y la hermana de los del problema de la
toalla, entran para colaborar con la golpiza contra el vecino y su mujer.
Debido al escándalo creciente, acuden otros vecinos.
Se forman tres bandos: los que dicen ser amigos de la pareja que inició el
problema, a quienes obviamente defienden porque les interesa ya que siempre los
sacan de apuros económicos, les regalan comida, les prestan dinero que jamás
pagan, etc.etc; los enemigos por envidia, que aprovechan para incrementar el problema, tirando
indirectas y haciendo insinuaciones malévolas; y otro bando que se las da de
“imparcial” y aparenta querer calmar los ánimos, pero sin desearlo realmente,
pues son substancialmente camorreros.
Pero, aparte de estas tres facciones “legales”, se
desenmascara la otra: la de los “malandros malandrosos”, que no sólo tienen
malas intenciones y peores tendencias, sino que siempre buscan concretarlas con
violencia, con armas, con lesiones y muerte. En síntesis, con el apoderamiento
de lo ajeno, para la compra de drogas…
A las 11.45 varios vecinos, viendo por dónde van las
cosas, llaman a la Policía, pero el teléfono no funciona, pues los agentes lo desconectan
para no tener que trabajar, pues prefieren quedarse en la cueva hablando
pendejadas.
El balón de la guerra salta de casa en casa. De rincón
en rincón, de patio en patio. Muchos se suman a la pelea sin tener claro el por
qué ni quién tiene la razón y dando palos a ciegas y en lo oscuro. Algunos
aprovechan la situación para descargar viejas rencillas y liberar venganzas.
También aprovechan la oportunidad los ladrones, que inauguran un saqueo loco y
colectivo, seguramente imitado en los barrios vecinos.
Una pareja de jóvenes -él y ella- cuyos padres odian a
los respectivos novios, ven la oportunidad como anillo al dedo, y se fugan hacia
un matorral para descargarse el amor que los atormenta, y eso les salva de la
golpiza general, pues era tanto el calor de su encuentro, que ni se enteraron
de la gravedad de los hechos.
Cuando amanece llegan los policías, obnubilados por el
aguardiente. El sol les alumbra una escena de posguerra, parecida al Lídice
destruido por los nazis: paredes derribadas, casas sin puertas ni ventanas,
salas sin muebles, cocinas sin vajilla, despensas vacías, estantes sin gavetas,
cuartos sin camas ni colchones, niños sin padres, pidiendo pan y leche,
viejitos perdidos en aquel Purgatorio, heridos y muertos…
Todo y tanto, por el grito inocente de alguien que olvidó
la toalla.

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